Nuestros vecinos al otro lado de la pirenaica han precipitado a su V República al quirófano público. Perdón, reformulemos: Macron ha precipitado a la V República al quirófano público. Sino ya al claustro de pinos del cementerio de la historia. Quien fuera “visionario en jefe” de Europa hace tan ni tan siquiera 8 años, cuando llegó al Elíseo, ha visto según avanzaban los años cómo perdía poder en la Unión, cómo los submarinos se hundían antes de salir de los astilleros, cómo Putin ninguneaba a Francia mesa mediante y cómo, a nivel interno, su popularidad caía día a día. El hombre de ideas del continente, el renovador, el heredero de Merkel perdió su reputación hace tiempo. Hará un mes o dos, Macron participó en una cena de gala donde era el invitado de honor; Reino Unido, si no recuerdo mal. Lo sentaron en un trono cuanto menos áureo, lo que al presidente causó cierta incomodidad: “vaya posición ésta para un presidente francés”, dijo.
Lo cierto es que la V República, es a todas luces una monarquía electiva cada 5 años. No existe parangón alguno en la sección occidental del continente donde la cabeza del Estado acapare para sí tal cantidad y calidad de poderes. La política francesa luce hoy menos como un régimen institucional al que cabría respetar que como un laboratorio donde conviven economías contrapuestas, culturas en colisión, la violencia con la fragilidad y la tradición con la revolución. En Francia, siempre —al menos desde 1789—, ha habido un espíritu de revolución inacabada. La cuestión es que la revolución puede tomar muchas formas y colores, de la comuna de París al derechismo lepenista, pasando por el mayo del ‘68, el Vichy de Pétain o los comunistas del ‘46.
Lo cierto es que la V República, pensada para ordenar la voluntad colectiva bajo una presidencia fuerte —exacerbadamente fuerte, según algunos— ha empezado a mostrar fisuras que, a ojos del general que la fundó en mitad de una de las crisis políticas más incierta que Francia recuerda, sobre las cenizas de la IV, pudieran haber parecido imposibles. La Asamblea Nacional está partida en tres bloques irreconciliables: el errático conglomerado de izquierdas, un Nuevo Frente Popular que implosionó semanas después de las elecciones a las que concurrieron juntos; el antaño mayoritario centro reformista, ahora dudoso entre la supervivencia de Macron y la candidatura presidencial en 2027; y la derecha controlada por Agrupación Nacional, apoyados por 10 millones en los últimos comicios y con el futuro de su lideresa pendiente de una decisión judicial. Las transigencias son mínimas y los puntos de acuerdo aún menos. Socialistas y republicanos, quienes se repartieron el poder casi ininterrumpidamente entre 60s y 2010s, están en proceso de ser fagocitados por sus vertientes más radicales. Salvo que se integren en un centro que no parece muy capaz de mantenerse en pie.
La disolución de la Asamblea por parte del presidente “a fin de aclarar lo que quiere el pueblo francés” en junio de 2024 no consiguió recomponer el tejido político, sino terminar de rasgarlo. De Gaulle ideó una república para decisiones fuertes, para una Francia unida. Cuando ya no es el caso, la maquinaria chirría. La crisis no se queda en la foto de las urnas —el RN de Le Pen le sacó 4 millones de votos al centro y a la izquierda, pese al posterior reparto de escaños—, sino que las mociones de censura no se hicieron esperar. El uso del artículo 49.3 de la Constitución, que permite atajar propuestas de ley sin votación, ha pasado de instrumento maldito a recurrencia diaria del gobierno. Usar atajos con regularidad no es eficiencia, sino síntoma de fractura.
Desde las presidenciales de 2022, cuando Emmanuel Macron salió reelegido en segunda vuelta frente a Marine Le Pen, Francia ha conocido ya cinco primeros ministros (Borne, Attal, Barnier, Bayrou y, el último, Lecornu); la cifra no es sólo estadística, muestra más que inestabilidad administrativa, es la demostración pública de una Constitución perdiendo vigencia frente a la polarización, la fragmentación política y la incertidumbre social. En cruda comparación, la históricamente tambaleante Italia ha mantenido un solo gabinete desde hace tres años, respaldado por una amplia mayoría tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado, igualmente por las encuestas. Bruno Latour decía que “nunca fuimos modernos” (en parte porque llevamos cinco siglos llamándonos así, en parte porque la praxis política no ha cambiado mucho, en parte porque nuestras preocupaciones acababan siendo siempre las mismas) y quizás tenía razón. Quizás debamos abandonar la línea entre “lo político” y “lo social”, quizás debamos empezar a entender lo urgente. Tal vez el futuro de Francia (y de Europa) no esté en un laboratorio o un tribunal de tecnócratas, sino en la plaza; en abandonar la imposición —que no es moderna, tampoco estilosa— y adoptar la conciliación.
