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Opinión

Norias de guerra

Las guerras en Ucrania e Irán evidencian un cambio en el equilibrio internacional, marcado por el desgaste del apoyo occidental, las tensiones dentro de la OTAN y el creciente coste económico de los conflictos. El artículo sostiene que la inflación, el cansancio social y la fragmentación política están redefiniendo la respuesta de Europa y Estados Unidos, mientras Rusia gana margen estratégico.

1 de marzo de 2026

Norias de guerra

Hay un decir árabe muy antiguo: que la vida es como una noria, esa rueda de madera que gira movida por un buey caminando en círculos, y que no llega a ninguna parte. El mundo lleva años girando en torno a sus propias guerras sin encontrar salida. Ucrania cumple cuatro años de invasión a gran escala. El frente oriental europeo sigue sangrando, aunque opacado ahora por los (nuevos) incendios de Oriente Medio. Desde hace exactamente un mes, EE.UU. e Israel bombardean Irán en una operación cuya justificación estratégica sigue siendo, según los propios analistas de inteligencia del Pentágono, poco clara. El buey sigue andando. La noria sigue girando. El agua no llega.

Lo más revelador del conflicto con Irán no es lo que ocurre en los cielos de Teherán, Tabriz o Isfahán, sino lo que no ocurre en las capitales occidentales. Al exigir Trump a los miembros de la OTAN que enviaran barcos a desbloquear el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca del 20% del petróleo y el gas mundiales—, recibió un portazo colectivo sin precedentes. Francia fue contundente: “no somos parte del conflicto y, por lo tanto, Francia nunca participará en operaciones para abrir o liberar el Estrecho de Ormuz en el contexto actual”, declaró el Presidente elíseo. Alemania, España, Grecia, Polonia, Italia, los Países Bajos… todos dijeron no. En el flanco del Pacífico, Australia, Japón y Corea del Sur, también. “Esta no es la guerra de Europa. No iniciamos la guerra. No se nos consultó”, resumió la jerarca de la política exterior europea, Kaja Kallas. Trump respondió con despecho en Truth Social que Estados Unidos “ya no necesita ni desea” el apoyo de nadie. La OTAN, como institución, nunca había estado tan cerca del quiebre —ni siquiera cuando el París de De Gaulle abandonó la estructura militar en 1966, no paliado hasta hace tan solo 15 años—.

Desde el Council on Foreign Relations, relatando la siempre manifiesta realidad, se describe una respuesta europea “llamativamente desarticulada”. Europa no fue consultada para la guerra, pero sí se espera que pague sus costes energéticos y diplomáticos. Los gobiernos europeos llevan años intentando evitar la confrontación con Washington, inclusive cuando desde hace al menos dos décadas es patente el desinterés norteamericano en favor de Asia y aún más mientras la política estadounidense hacia sus aliados se volvía crecientemente hostil. La guerra de Irán —sumada a la ya olvidada intervención groenlandesa— ha acabado con esa política de deferencia. Por primera vez desde el regreso de Trump al poder, Europa parece dispuesta a defender sus propios intereses, aunque todavía lo haga con más retórica que acción.

Pero el retraimiento occidental no se limita al teatro de Oriente Medio. Hay un fenómeno más profundo y más estructural en marcha: el agotamiento americano de las guerras ajenas. Según las encuestas publicadas en los primeros días del conflicto con Irán, el 59% de los estadounidenses desaprobaba los ataques iniciales. Más significativo aún es el dato interno al propio Partido Republicano: solo el 37% de la derecha americana apoyaba firmemente la operación. La oposición al envío de tropas terrestres llegaba al 73% del electorado general, con los propios republicanos en contra por más de dos dígitos. A nivel de política de partido, apoyo republicano a la guerra de Trump es amplio pero superficial; la guerra está dividiendo a la élite influyente del partido y figuras prominentes advierten de que el conflicto corre el riesgo de desintegrar la coalición trumpista, integrada a grandes rasgos por la suma de halcones neoconservadores y aislacionistas del movimiento MAGA, en términos internacionales.



Esta cuestión importa enormemente para Ucrania. La guerra en Irán está consumiendo arsenales, atención política y capital diplomático que Washington ya no puede distribuir con la misma generosidad. Los arsenales estadounidenses se están agotando rápidamente bajo los ataques de Oriente Medio: lanzar un misil Tomahawk o Patriot toma segundos, pero reponerlos tardará meses, sino años, y esto afecta directamente a Kiev. Moscú lo sabe, porque lo ha calculado. La situación en Irán no entorpece los planes de Rusia en las estepas fronterizas ni inclinará el campo de batalla, porque Moscú ya ha internalizado la producción de los sistemas de armas que antes obtenía de Teherán, integrando en sus propias líneas los drones Shahed y sus componentes. Rusia, si bien cada día más sola, ha dejado de depender de Irán justo cuando Irán más la necesita. 

La posibilidad de una victoria rusa en Ucrania por defecto —no por superioridad militar, sino por retraimiento del apoyo occidental— ha pasado de ser una hipótesis académica a un escenario plausible. Si Trump, presionado por una base doméstica a la que prometió “no más guerras extranjeras” y que ahora se encuentra sumida en una nueva, reduce el suministro a Kiev para concentrar recursos en Oriente Medio, Zelenski se quedará solo frente a un ejército que ya ha demostrado que puede aguantar años de desgaste. El tiempo, como siempre, trabaja en favor del mastodóntico Moscú.

Y aquí entra el factor económico, que es asimismo el factor político decisivo. Las sociedades occidentales llevan seis años sometidas a un ciclo inflacionario sostenido; al montante de pandemia, shocks comerciales, hutíes, aranceles, Ucrania, sabotaje al Nord Stream…, sigue ahora la guerra de Irán. El precio del barril de petróleo superó los 110 dólares en los peores días del conflicto, y el gas registró subidas históricas en Europa. Según el FMI, cada aumento del 10% en el precio del petróleo, si persiste durante la mayor parte del año, eleva la inflación mundial un 0,4% y reduce la producción económica hasta un 0,2%. Tan solo en España, el BBVA estima que la inflación podría alcanzar el 4% a finales de primavera si el conflicto se prolonga.

Lo que los gobiernos han aprendido en estos años es que sus ciudadanos toleran el bajo crecimiento con estoicismo, pero no toleran la subida de precios. Un PIB que crece al 1% genera malestar difuso; un litro de gasolina que sube veinte céntimos genera indignación inmediata. La inflación es palpable, cotidiana y electoralmente letal. Un aumento prolongado de los precios del petróleo y el gas precarizarían aún más a los republicanos de cara a las midterms. El mismo mecanismo aplica en Europa: los gobiernos que apoyen activamente guerras cuyos costes energéticos recaigan sobre el bolsillo de sus ciudadanos , presumiblemente, pagarán el precio en las urnas.

En resumen, esta es la trampa en que se encuentra el orden liberal occidental: sabe que las guerras en sus fronteras o en las arterias de su economía lo afectan directamente, pero sus propias sociedades, extenuadas por años de inflación y dispuestas a soportar el estancamiento mejor que el encarecimiento, no tienen apetito de financiar ni de combatir. Europa se rearma con una mano mientras con la otra cierra el bolsillo. Estados Unidos combate en Irán mientras deja a medias sus compromisos en casa. Y Rusia espera, paciente, que la noria siga girando.

Fukuyama, en el fondo, tenía razón, cuando al final de su libro advertía que algún día volvería a ponerse en marcha la historia. La cuestión es que tardó menos de lo esperado y que en verdad tampoco avanza; simplemente, gira.

Escrito por

Miguel Ángel Roldán Martín